Por qué un nombre
La palabra mío es la más importante que aprende un niño pequeño.
Entre los dos y los tres años, los niños empiezan a usar la palabra mío con verdadera convicción. No es egoísmo. Es una de las primeras señales de que la identidad está formándose. La idea de que algunas cosas me pertenecen, y de que esas cosas forman parte de quién soy, es fundamental. Los juguetes son la forma en que esa idea se practica.
Cuando un niño recibe un juguete con su nombre —visible, permanente, parte del propio objeto— ocurre algo silencioso. El juguete deja de ser intercambiable. Se convierte en algo específico, hecho para una persona concreta. Los estudios de desarrollo temprano llaman a esto efecto de propiedad: los objetos con nombre se tratan con más cuidado, se defienden con más facilidad y se recuerdan durante más tiempo que los genéricos.



